En las sombras de un barrio suburbano de Indianápolis, en 1965, se desató un horror que trascendió las páginas de los periódicos y se filtró en el alma colectiva de una nación. Sylvia Marie Likens, una adolescente de 16 años nacida el 3 de enero de 1949, no era una heroína de ficción ni una víctima de lo sobrenatural; era una niña real, confiada a los cuidados de una vecina por sus padres itinerantes, que se convirtió en el epicentro de uno de los casos de abuso infantil más brutales de la historia de Estados Unidos. Su muerte el 26 de octubre de 1965, apenas dos semanas antes de Halloween, no fue un accidente ni un acto impulsivo, sino el clímax de tres meses de tortura sistemática orquestada por Gertrude Baniszewski, una madre de siete hijos que transformó su hogar en un infierno doméstico. Esta tragedia, conocida como "el crimen más terrible de Indiana", inspiró dos películas impactantes: The Girl Next Door (2007), una versión ficticia y visceral ambientada en los años 50, y An American Crime (2007), una adaptación más fiel que no escatima en crudeza. Ambas cintas, lanzadas el mismo año, sirven como recordatorios escalofriantes de que el mal no siempre acecha en castillos embrujados, sino en casas comunes al lado de la nuestra.
Ante la partida inminente del carnaval, los Likens acordaron pagar 20 dólares semanales para que Gertrude cuidara de sus hijas mayores, Sylvia y su hermana Jenny, de 15 años. Sylvia, una chica vivaz con cabello castaño y ojos expresivos, era la mayor de las dos: delgada, sociable y con un espíritu que, en retrospectiva, parece un faro en la oscuridad que la aguardaba. Al principio, todo parecía normal. Las chicas asistían a la iglesia local y jugaban con los hijos de Gertrude: Paula, de 17 años; Stephanie, de 15; y los varones más jóvenes, John, Coy y los pequeños Bruno y Marie. Pero la primera grieta apareció pronto: el pago semanal se retrasó, y Gertrude, resentida, descargó su frustración en Sylvia, culpándola injustamente como "la responsable" de la familia Likens. Tres Meses de Infierno Sistemático
Lo que siguió no fue un arrebato de ira, sino una espiral de sadismo calculado que duró desde julio hasta octubre de 1965. Gertrude, con la complicidad de sus hijos y varios adolescentes del vecindario —incluyendo a Coy Hubbard, medio hermano de las Likens, y otros como Richard Hobbs y John Baniszewski—, convirtió el abuso en un ritual grupal. Sylvia fue aislada de Jenny, quien fue advertida de que sufriría el mismo destino si hablaba. El sótano de la casa, húmedo y oscuro, se convirtió en su prisión principal, donde la desnudaban, la ataban y la sometían a golpizas con cinturones, puños y palos.
Los tormentos eran variados y escalofriantes: quemaduras con cigarrillos que dejaban marcas como constelaciones de dolor; inmersiones forzadas en agua helada hasta que perdía el conocimiento; privación de comida, reduciéndola a un esqueleto de 42 kilos; y mutilaciones como la infame inscripción en su abdomen —"Soy una prostituta y estoy orgullosa de ello"— realizada con una aguja esterilizada al fuego por Richard Hobbs, bajo las órdenes de Gertrude. El abuso sexual fue otro pilar de esta pesadilla: violaciones perpetradas por los chicos del grupo, a menudo incentivadas por Gertrude, quien veía en Sylvia un chivo expiatorio para su propia amargura. Jenny, testigo aterrorizada, grabó en su memoria frases como "Sylvia es mala" que Gertrude repetía para justificar el horror, pervirtiendo a los niños en verdugos activos.
El 24 de octubre, Sylvia, ya al borde de la muerte por shock hemorrágico, malnutrición y neumonía, fue llevada al hospital Methodist de Indianápolis por Gertrude y John Baniszewski. Sus últimas palabras, un susurro a Jenny —"No digas nada"— sellaron un pacto de silencio roto solo por la autopsia, que reveló un cuerpo marcado por más de 100 heridas y moretones. Dos días después, el 26 de octubre, Sylvia Likens exhalaba su último aliento a las 5:10 p.m., a los 16 años.
El Juicio y las Sombras de la Justicia
El arresto de Gertrude y varios de sus cómplices —Paula, John, Stephanie y los vecinos Coy Hubbard y Richard Hobbs— sacudió Indianápolis. El juicio, que comenzó en mayo de 1966, fue un circo mediático que expuso la banalidad del mal: Gertrude se presentó como una madre abrumada y enferma, alegando que Sylvia "provocó" los abusos. Jenny Likens, la testigo clave, rompió el silencio y describió los horrores con una frialdad que heló el tribunal. Gertrude fue condenada a cadena perpetua por asesinato en primer grado, mientras que Paula recibió una sentencia similar, y los demás, penas menores por su juventud. En 1985, Gertrude fue liberada en libertad condicional por "buen comportamiento", una decisión controvertida que indignó a la opinión pública y a la familia Likens. Murió en 1990 de un ataque al corazón. Paula, por su parte, cumplió su sentencia y se reinventó como enfermera con el nombre de Paula Pace. Richard Hobbs, el ejecutor de la mutilación, falleció de cáncer en 1972, y los demás implicados vivieron vidas marcadas por el estigma.El Legado en la Pantalla y en la Sociedad
La historia de Sylvia no se desvaneció en los archivos judiciales. En 2007, Hollywood la rescató del olvido con dos adaptaciones que, aunque paralelas en tiempo de estreno, difieren en enfoque. The Girl Next Door, dirigida por Gregory Wilson y protagonizada por Blythe Alyn Hoffarth como "Meg Loughlin" (un nombre ficticio para Sylvia), transpone el horror a 1958, añadiendo elementos de coming-of-age para explorar la inocencia corrompida en un suburbio idílico. La cinta, con su atmósfera opresiva y escenas de tortura gráfica, repelió a críticos y audiencias, pero capturó la esencia de cómo el abuso se normaliza en silencio.
Por otro lado, An American Crime, con Ellen Page como Sylvia y Catherine Keener como Gertrude, es una recreación más literal, filmada en los locaciones reales de Indianápolis. Dirigida por Tommy O'Haver, enfatiza el juicio y la psicología de Gertrude, ganando elogios por su actuación pero críticas por su intensidad emocional. Ambas películas, aunque imperfectas —The Girl Next Door por su ficcionalización y An American Crime por su brevedad ante la vastedad del horror—, subrayan un punto común: el abuso no es un relámpago, sino un trueno que se acumula en la indiferencia social. El impacto de Sylvia va más allá de la pantalla. Su muerte impulsó reformas en las leyes de protección infantil en Indiana y EE.UU., incluyendo capacitaciones obligatorias para policías en detección de abuso y la creación de centros de defensa infantil como el Sylvia's Child Advocacy Center en Indianápolis, fundado en 1990 para prevenir tragedias similares. En 2025, a 60 años de su partida, su historia resuena con fuerza en un mundo aún lidiando con el abuso oculto: según organizaciones como el CAC, casos como el de Sylvia siguen ocurriendo, recordándonos que el verdadero terror es la complicidad silenciosa.
Hoy, Sylvia Likens no es solo un nombre en un obituario. Es un espejo que nos obliga a mirar: ¿Cuántas Sylvias hay al lado, en sótanos invisibles, esperando que alguien escuche su susurro? Su legado no es venganza, sino vigilancia eterna. Que su historia, cruda y real, sea el conjuro que ilumine las sombras.
